Acabo de llegar de Maracaibo y la realidad me escupe en la cara, recordándome que lo vivido este fin de semana fue un caramelo delicioso pero no cotidiano. Es decir, despiértese muchacha, que esta sí es su vida. ¡A trabajar!
En los mails, una bandeja de entrada imposible de limpiar; en la casa, unos abuelos demandantes -las bondades de ser freeloader no son tan benevolentes como la gente cree- muy difíciles de complacer; en el teléfono, un tono de ocupado que me aleja de saludar a mi Edel; en el banco, un saldo de Bs.F 15.
Todo eso es malo, pero bien lo vale. Y bien lo vale, porque Maracaibo fue tan dulce y trasnochado como siempre. Porque estoy afónica de tanto gritar mi alegría, y porque comí en Jeffreys, en Chop’s y en el restaurante árabe en el que siempre termino comiendo por órdenes de algún miembro de la familia Hadjis. 
Llenamos un local con doscientas personas, vimos a nuestros amigos bailar y gritar nuestras canciones, y también a muchas otras personas. Me bajé sudada y con el maquillaje corrido como una versión más latina y menos prostituta de Courtney Love, y aún así muchos me abrazaron para decir: “que arrecha tu banda”. Gracias.
Seguramente seguiré escribiendo textos sobre lo bien que lo pasé en Maracaibo, seguramente no los postearé por aquí, porque en realidad me gusta más hablar de ñoñadas, y ustedes lo saben. Pero, pendientes de nuestro perfil en myspace, porque ahí me guindaré, como es debido, a dar las gracias pertinentes y las impertinentes también, aunque eso parezca no tener ningún sentido.
Amor para Maracaibo.
Un poco de odio a mi rutina.
Pero amor a la lluvia que acaba de reventar con fuerza.

Acabo de llegar de Maracaibo y la realidad me escupe en la cara, recordándome que lo vivido este fin de semana fue un caramelo delicioso pero no cotidiano. Es decir, despiértese muchacha, que esta sí es su vida. ¡A trabajar!

En los mails, una bandeja de entrada imposible de limpiar; en la casa, unos abuelos demandantes -las bondades de ser freeloader no son tan benevolentes como la gente cree- muy difíciles de complacer; en el teléfono, un tono de ocupado que me aleja de saludar a mi Edel; en el banco, un saldo de Bs.F 15.

Todo eso es malo, pero bien lo vale. Y bien lo vale, porque Maracaibo fue tan dulce y trasnochado como siempre. Porque estoy afónica de tanto gritar mi alegría, y porque comí en Jeffreys, en Chop’s y en el restaurante árabe en el que siempre termino comiendo por órdenes de algún miembro de la familia Hadjis. 

Llenamos un local con doscientas personas, vimos a nuestros amigos bailar y gritar nuestras canciones, y también a muchas otras personas. Me bajé sudada y con el maquillaje corrido como una versión más latina y menos prostituta de Courtney Love, y aún así muchos me abrazaron para decir: “que arrecha tu banda”. Gracias.

Seguramente seguiré escribiendo textos sobre lo bien que lo pasé en Maracaibo, seguramente no los postearé por aquí, porque en realidad me gusta más hablar de ñoñadas, y ustedes lo saben. Pero, pendientes de nuestro perfil en myspace, porque ahí me guindaré, como es debido, a dar las gracias pertinentes y las impertinentes también, aunque eso parezca no tener ningún sentido.

Amor para Maracaibo.

Un poco de odio a mi rutina.

Pero amor a la lluvia que acaba de reventar con fuerza.